¿Trastornos amnésicos, pérdidas de memoria, trastornos maniacodepresivos?
¿Te gustaría tener una memoria lúcida, poder acceder a todas la palabras que quieras emplear sin quedarte en blanco?
Hoy te presento el punto C 3 (Corazón 3), de muy fácil acceso y rápida acción. Estimulado con regularidad, previene los estados amnésicos y maniacodepresivos.
Para encontrarlo debes flexionar tu brazo y, con el pulgar de la mano opuesta, buscar el punto que se haya justo por debajo del pliegue de la cara interna del codo (ver foto de abajo).
Recuerda siempre estimular los puntos de ambos lados (por ahora te estaré presentando puntos bilaterales, es decir, que se encuentran en las dos mitades del cuerpo. Más adelante, trataremos puntos de Meridianos especiales, que son los llamados Vaso Gobernador y Vaso Concepción, los cuales pasan por el centro del cuerpo)
Y para tu deleite, mientras tratas este punto maravilloso para estimular tu memoria, te comparto el cuento de Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”.
“Lo
recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo
un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una
oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto,
aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche,
toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y
singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus
manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con
las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una
estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su
voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los
silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última,
en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que
lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más
breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del
volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino
me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el
Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño;
Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me
consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro
Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, “un
Zarathustra cimarrón y vernáculo “; no lo discuto, pero
no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con
ciertas incurables limitaciones.
recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo
un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una
oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto,
aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche,
toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y
singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus
manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con
las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una
estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su
voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los
silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última,
en 1887… Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que
lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más
breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del
volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino
me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el
Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño;
Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me
consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro
Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, “un
Zarathustra cimarrón y vernáculo “; no lo discuto, pero
no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con
ciertas incurables limitaciones.
Mi
primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de
marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a
veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la
estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no
era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día
bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el
cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles;
yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un
descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la
tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas
altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y
casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que
corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota
pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo
en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le
gritó imprevisiblemente: “¿Qué horas son, Ireneo?””.
Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: ‘Faltan
cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco”. La
voz era aguda, burlona.
primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de
marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a
veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la
estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no
era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día
bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el
cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles;
yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un
descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la
tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas
altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y
casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que
corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota
pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo
en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le
gritó imprevisiblemente: “¿Qué horas son, Ireneo?””.
Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: ‘Faltan
cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco”. La
voz era aguda, burlona.
Yo
soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera
llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien
estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse
indiferente a la réplica tripartita del otro.
soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera
llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien
estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse
indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me
dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado
por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber
siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una
planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían
que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y
otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con
su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado
por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber
siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una
planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían
que su padre era un médico del saladero, un inglés O’Connor, y
otros un domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con
su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles.
Los
años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a
Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y,
finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron
que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y
que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de
incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo
vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar
alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño
elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del
catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña.
En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la
soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo
había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente
recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los
ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación
de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había
iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija
incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de
Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la
Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis
módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico;
Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del
arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y
ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente
fugaz, “del día 7 de febrero del año 84”, ponderaba los
gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo
año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada
de Ituzaingó “, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de
los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena
inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”.
Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra
era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés
Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí
naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran
cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o
a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más
instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le
mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a
Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y,
finalmente, por el “cronométrico Funes”. Me contestaron
que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y
que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de
incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo
vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar
alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño
elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del
catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña.
En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la
soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo
había fulminado… Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente
recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los
ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación
de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había
iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija
incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de
Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la
Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis
módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico;
Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del
arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y
ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente
fugaz, “del día 7 de febrero del año 84”, ponderaba los
gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo
año, “había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada
de Ituzaingó “, y me solicitaba el préstamo de cualquiera de
los volúmenes, acompañado de un diccionario “para la buena
inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín”.
Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra
era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés
Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí
naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran
cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o
a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más
instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le
mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El
14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera
inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios
me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama
urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción
entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la
tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal
vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija,
noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis
historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la
mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes.
Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera
inmediatamente, porque mi padre no estaba “nada bien”. Dios
me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama
urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción
entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la
tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal
vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija,
noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis
historia. El “Saturno” zarpaba al día siguiente, por la
mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes.
Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día.
En
el decente rancho, la madre de Funes me recibió.
el decente rancho, la madre de Funes me recibió.
Me
dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara
encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas
sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito;
llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo
parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa
voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba
con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron
las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía
indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa
noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del
libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la
memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis
redderetur audíturn.
dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara
encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas
sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito;
llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo
parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa
voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba
con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron
las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía
indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa
noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del
libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la
memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis
redderetur audíturn.
Sin
el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el
catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo
rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía
vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y
de la enfermedad de mi padre.
el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el
catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo
rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía
vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y
de la enfermedad de mi padre.
Arribo,
ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo
sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya
medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables
ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo
Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico
la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los
entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo
sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya
medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables
ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo
Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico
la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los
entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo
empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria
prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los
persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus
ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los
veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la
mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con
fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se
maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa
tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que
son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un
desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo,
su memoria de nombres propios; no me hizo caso). Diecinueve años
había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se
olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento;
cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y
tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales.
Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le
interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo.
Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un
vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos
y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las
nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía
compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta
española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la
espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción
del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual
estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía
reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres
veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca,
pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo:
“Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos
los hombres desde que el mundo es mundo”. Y también: “Mis
sueños son como la vigilia de ustedes”. Y también, hacia el
alba: “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”.
Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un
rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a
Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de
ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable
ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé
cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me dijo; ni entonces
ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había
cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta
increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es
que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos
profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo
hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria
prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los
persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus
ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los
veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la
mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con
fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se
maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa
tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que
son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un
desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo,
su memoria de nombres propios; no me hizo caso). Diecinueve años
había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se
olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento;
cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y
tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales.
Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le
interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo.
Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Nosotros, de un
vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos
y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las
nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía
compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta
española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la
espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción
del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual
estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía
reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños. Dos o tres
veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca,
pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo:
“Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos
los hombres desde que el mundo es mundo”. Y también: “Mis
sueños son como la vigilia de ustedes”. Y también, hacia el
alba: “Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras”.
Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un
rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a
Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de
ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable
ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé
cuántas estrellas veía en el cielo. Esas cosas me dijo; ni entonces
ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había
cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta
increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es
que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos
profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo
hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La
voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
Me
dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de
numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro
mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía
borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que
los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras,
en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese
disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil
trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil
catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur,
Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon,
Agustín de Vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra
tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran
muy complicadas… Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces
inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración.
Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco
unidades: análisis que no existe en los “números” El
Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso
entenderme.
dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de
numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro
mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía
borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que
los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras,
en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese
disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil
trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil
catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur,
Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon,
Agustín de Vedia. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra
tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran
muy complicadas… Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces
inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración.
Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco
unidades: análisis que no existe en los “números” El
Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso
entenderme.
Locke, en el siglo
xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa
individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre
propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo
desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En
efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada
monte, sino cada una de las veces que la había percibido o
imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a
unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo
disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era
interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora
de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los
recuerdos de la niñez.
Los
dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie
natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las
imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta
balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso
mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas
generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo
genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos
tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y
catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las
tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus
propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el
emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes
discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de
las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la
humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo
multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia,
Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación
de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas
urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan
infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz
Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir.
Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la
sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas
que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era
más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico
o de un tormento físico). Hacia el Este, en un trecho no amanzanado,
había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras,
compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía
la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río,
mecido y anulado por la corriente.
dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie
natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las
imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta
balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso
mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas
generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo
genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos
tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y
catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las
tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus
propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el
emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes
discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de
las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la
humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo
multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia,
Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación
de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas
urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan
infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz
Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir.
Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la
sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas
que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era
más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico
o de un tormento físico). Hacia el Este, en un trecho no amanzanado,
había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras,
compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía
la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río,
mecido y anulado por la corriente.
Había
aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el
latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar
es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado
mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el
latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar
es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado
mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
La
recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado.
Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció
monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las
profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras
(que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me
entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles”.
recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado.
Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció
monumental como el bronce, más antiguo que Egipto, anterior a las
profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras
(que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me
entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles”.
Ireneo
Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.
1942
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Saludos cordiales,
Mariel Alabarcez
Terapeuta Zen Shiatsu
Desarrollo Personal
CABA. Argentina
CABA. Argentina

